sábado, 22 de abril de 2017

"Diário da piscina" de Luís Capucho (reseña/resenha)




Es evidente la preferencia de Luís Capucho como narrador por los espacios cerrados, tan perfectamente acotados que el lector puede dibujar en su mente un plano de cada uno de ellos. Así, la sala porno propicia al sexo anónimo de "Cinema Orly" (Interlúdio, 1999), la casa de huéspedes hostiles de "Rato" (Rocco, 2007), incluso el autobús en peregrinación al Santuario de Aparecida de "Mamãe me adora" (Edições da Madrugada, 2012).

En esta ocasión se trata de una piscina donde el protagonista realiza sus ejercicios de rehabilitación entre monitores de cuerpos atléticos y sus alumnos en diferentes estados de desahucio: el niño con senilidad precoz, la señora sin pierna, el viejo demente, el joven Down, el japonés con sobrepeso. El contraste de los cuerpos jóvenes magníficos y los otros cuerpos con taras —entre los que se cuenta el del narrador, inspirado en las secuelas motoras de la enfermedad del autor— recuerda mucho al que existía en el submundo del Orly, a su vez reminiscente de la caverna de Platón.

También en el aspecto espacial hay similitudes, con espacios paralelos como las gradas, los lavabos/vestuarios, la fuente. Pero hay una diferencia notable entre "Diário da piscina" y "Cinema Orly" que tiene que ver —como toda la obra de Capucho, donde se confunden la autobiografía y la ficción— con las distintas condiciones vitales en que han sido escritas las dos novelas. 

"Cinema Orly", su extraordinario debut literario, fue un caso perfecto de escritura al límite, comenzando por el hecho de que el propio autor se encontraba en aquel momento al borde entre la vida y la muerte. Su actitud, entonces, fue profundamente confesional, pura visceralidad que no reparaba en las consecuencias. De nuevo, en "Diário da piscina", vuelve Capucho a hacer una ejercicio de memoria pero,  en contraste con la rabia por la expulsión del paraíso que había en "Cinema Orly", esta vez se trata de un paraíso conquistado en el que el componente diabólico, que siempre acompaña a la mirada del narrador en todas sus obras, acaba siendo integrado, acogido.

Infierno y Paraíso siempre se confunden en la óptica maldita de Capucho. Pero ahora, cuando el cuerpo enfermo comienza a recuperar la salud, no hay paraíso perdido: la piraña vieja —un eco de aquel traíra, el solitario pez depredador que merodeaba en la oscuridad del pantano del Orly junto a otros seres reptilianos— se desliza plácidamente en las aguas luminosas de las piscina.

Todas las imágenes florales y faunísticas de esta nueva novela hacen referencia a una selva primordial, un lugar de inocencia salvaje. La pureza del agua y de la luz dan la clave de esta obra, que es la mirada pura con la que el narrador participa en la pequeña sociedad cerrada en torno a la piscina. 

Debo explicar mejor a qué me refiero con este concepto. La mirada de Capucho es pura porque es única: nadie más tiene esa mirada, ni en la literatura brasileña ni en ninguna otra. Su mirada recibe y acepta los cuerpos de las otras personas como nadie más es capaz, con una sensibilidad que va más allá de lo lascivo. Nunca hay agresividad —por más que al narrador le guste de vez en cuando posar irónicamente de malo— en esa mirada que ennoblece la materia, embellece lo cotidiano, la ruindad y decadencia de los cuerpos. No es mirada de piraña vieja: los cuerpos quedan reducidos a su materia primigenia. Es mirada de rayos-x que los desnuda de ropajes socio-culturales para dejarlos sin impurezas, sin disfraces o máscaras.

En este sentido, es significativo el uso de referencias clásicas greco-romanas. Los personajes tienen nombres latinos, como el del propio narrador —Cláudio, seguramente inspirado por el famoso emperador tullido—, el escenario recuerda a unas termas y también a un anfiteatro. Los jóvenes monitores adquieren, por último, la condición de dioses del Olimpo. La propia estructura de la novela, en entradas de diario en las que se repiten los mismos mínimos sucesos día tras día a lo largo de un año, contribuye a la sensación de eternidad, del ser detenido en su perfección.

Una novedad importante de esta novela con respecto a las anteriores —y que abre la posibilidad de nuevos registros para el autor— se da en los trayectos en autobús, de casa a la piscina, en los que este peculiar voyeur arranca los velos del Brasil tópico y sensualiza lo que otras miradas menos políticas —de nuevo en el sentido clásico, de foro público— solo miran con distancia y asco.

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É evidente a preferência do Luis Capucho -como narrador- pelos espaços fechados, tão perfeitamente dimensionados que o leitor pode desenhar na sua mente um plano de cada um deles, bem seja a sala pornô propícia ao sexo anônimo do "Cinema Orly" (Interlúdio, 1999), a casa de hóspedes hostil do "Rato" (Rocco, 2007), mesmo o ônibus em peregrinação ao Santuário da Aparecida do "Mamãe adora me" (Edições da Madrugada, 2012).

Nesta ocasião, trata-se de uma piscina onde o protagonista realiza exercícios de reabilitação entre instrutores atléticos e outros alunos em diferentes estados de desalento: a criança com início precoce da senilidade, a senhora sem perna, o velho louco, o jovem Down, o japonês com sobrepeso. O contraste dos lindos corpos jovens e os corpos tarados - incluindo o corpo do narrador, no rescaldo das próprias doenças do autor- faz lembrar muito do Orly, em volta reminiscente da caverna de Platão.

Também no aspecto espacial existem semelhanças, com espaços como as escadas/arquibancadas, banheiros/vestiários, a fonte/bebedouro. Mas há uma diferença notável entre "Diário da piscina" e "Cinema Orly" que tem à ver - como todo o trabalho do Capucho, onde você confunde autobiografia e ficção- com as diferentes condições nas quais foram escritos o dois romances.

"Cinema Orly", sua extraordinária obra literária de estréia, foi um perfeito caso de escrita nos limites, começando com o fato de que o próprio autor era nessa altura na borda entre a vida e a morte. A sua atitude, então, foi profundamente confessionária, atitude visceral que não repara nas consequências. Novamente, no "Diário da piscina", ele fez um exercício de memória mas, em contraste com a raiva pela expulsão do Paraíso no "Cinema Orly", desta vez é um paraíso conquistado. O componente diabólico que acompanha sempre o narrador em todas as suas obras, acaba sendo integrado: o anjo caido é feito hospede.

Inferno e o Paraíso sempre ficam confusos na óptica maldita do Capucho. Mas agora, quando o corpo doente começa a recuperar a saúde, não há paraíso perdido: a piranha velha - um eco daquele traíra, o predador solitário na escuridão do pantanal de répteis que era o Orly- desliza-se pacificamente nas águas da piscina.

Todas as imagens de flora e fauna deste novo romance fazem referência a uma floresta primária, um lugar de inocência. A pureza da água e da luz são a chave do olhar puro com que o narrador participa na pequena sociedade fechada à volta da piscina.

Gostaria de explicar melhor o que quero dizer com este conceito. O olhar de Capucho é puro porque é único: mais ninguém tem esse olhar, nem na literatura brasileira ou em qualquer outro lugar. Seu olhar recebe e aceita os corpos das outras pessoas com uma sensibilidade que vai além do ato libidinoso. Nunca é agressivo -por mais do que o narrador gosta ocasionalmente de ficar no lado escuro-,  é olhar que enobrece, embeleza o dia-a-dia, a miséria e a decadência dos corpos. É um olhar de piranha velha, sim, no entanto reduz os corpos à sua questão primordial. É olhar de ráio-x que tira o manto socio-cultural dos corpos para deixá-los sem impurezas, sem fantasia ou máscara.

Neste sentido, é significativo a utilização de referências clássicas greco-romanas. Os personagens têm nomes latinos, tais como o próprio narrador - Cláudio, certamente inspirado pelo famoso imperador aleijado-, o cenário recorda banhos termais e um anfiteatro. Os instrutores jovens assumem, finalmente, o status de deuses do Olimpo. A estrutura do romance, entradas de diário em que são repetidos os mesmos eventos dia após dia durante o percurso de um ano, contribui para a sensação de eternidade e de ser preso em sua perfeição.

Uma importante novidade deste romance com respeito aos anteriores -e que abre a possibilidade de novos registros para o autor- está presente nas viagens de ônibus, fora de casa para a piscina, em que este peculiar voyeur sensualiza os tópicos do Brasil pobre e contribui na política -de novo no sentido clássico, de fórum público- ao contrário de outros olhares que o olham com distância nojenta.



-- reseña/reseña de Tive Martínez, 2017

-- "Diário da piscina" de Luís Capucho (É selo de língua, 2007)

jueves, 20 de abril de 2017

No son héroes


Escribo este poema harto de seguir el juego del Poder. Harto del vocabulario épico de batallas, victorias y héroes, cuando la única certeza es el asesinato.

- a Carlos José Moreno, y otras víctimas de la dictadura en Venezuela



Para el muchacho que tenía 17 años,  en menos de un segundo,  se acabó el tiempo.

Hasta ayer era dueño de una musculatura.

También poseía una red de latidos que dotaba de oxígeno a sus células.

Indudablemente, las sinapsis restallaban entre sus neuronas,  y su cerebro
chisporroteaba al cabo de la calle.

Ostentaba, incluso, una mirada.

Ahora solo puede entregar una víscera partida.

Esa sangre, que ya no es suya, corre a formar un charco en el suelo bajo sus ojos.

No era un héroe.

Los héroes no chapotean en el asfalto.

Era un joven que caminaba, como otros ciudadanos transeúntes, hasta que llegó la bala.

No hubo épica en su asesinato.

No será, como fue de niño, inmortal.

Puede que alguien, quizás el mismo asesino, construya luego un relato con el que glorificar y dotar de sentido a sus actos.

Solo hubo y habrá un cerebro derramado.

Un corazón vertido, sin vocación manantial.

La tierra que arde nunca es propicia al cauce.

-- un poema de Tive Martínez, 2017 
-- fotografía de autor desconocido